La corrida de toros es considerada por muy pocos como un bello espectáculo, un arte y una manifestación de cultura ancestral; pero en realidad no es mas que una orgía de crueldad, sangre, agonía y muerte.

El sufrimiento del toro comienza mucho antes de que el público se comience a divertir. Para su transporte el toro es encerrado en cajones de 2m de ancho en donde no pueden girar ni moverse, algunos ni siquiera pueden agachar la cabeza o mirar a su alrededor. Otros, debido a los largos viajes, llegan muertos a la plaza por golpe de calor.   En muchos casos se recortan sus astas, y a todos se les clava un arpón al salir al ruedo con los colores del ganadero que los identifica. El indefenso animal se apresta para ser protagonista, sin querer, del sangriento espectáculo.   La corrida se divide en tres partes denominadas tercios que se marcan con un toque de clarín.

En el primero de ellos el diestro torea con el capote.Con un toque de clarín se indica que salgan los dos picadores. Estos, montados en indefensos caballos que son drogados y en muchos casos víctimas también de esta barbarie al ser algunos corneados, clavan la puya o pica que es una vara redonda terminada en una punta metálica de 10 cm. y que perfora y barrena el lomo del toro. Las 2 ó 3 perforaciones a las que se somete cada toro producen una pérdida abundante de sangre, destrozos en los músculos, nervios y tejidos blandos del animal y obviamente su debilitamiento.

Suena de nuevo el clarín, y comienza el segundo tercio. Los banderilleros clavan las 6 banderillas, palos de 70 a 80 cm terminados en un arpón afilado de unos 6 cm. que a cada movimiento del toro desgarran sus tejidos, incrementan el dolor y la pérdida de sangre.   Suena el último toque de clarín, tal vez ya ni siquiera escuchado por el toro moribundo. En el último tercio el torero ejecuta la “suerte suprema” en la cual torea con la muleta, para al final, tomar la espada e intentar matar al animal de una estocada directa al corazón, enterrando la hoja de 90 cm en su caja torácica, pero el torero rara vez acierta y el toro con sus pulmones perforados termina ahogándose en su propia sangre en medio de impresionantes bocanadas de sangre por boca y nariz.   Si su agonía se prolonga mas de lo esperado, se recurre a apuntillarlo con el descabello. Sus orejas y cola son cortadas y es arrastrado por una carreta tirada por otros semovientes hasta el descuartizadero, muchas veces cuando aún sigue vivo.

En los tendidos el público que de ignorancia alcanza el éxtasis total, cuando ve el ruedo teñido de sangre.   Para nosotros todos los días son antitaurinos, porque este aberrante espectáculo ya no tiene cabida en este mundo.