Revisar las noticias diarias relacionadas con la protección de los animales es una forma de enterarme de todas las cosas horribles que les pasan a ellos y a la naturaleza, cosas que empeoran cada vez más en frecuencia e intensidad.

Juliana Ríos Barberi
Directora RAYA
Ingeniera biomédica, estudiante de Maestría en Desarrollo Sostenible
direccion@corporacionraya.org

A la larga lista de usos innecesarios que les damos a los animales como comida, sujetos de experimentación, máquinas reproductivas, trofeos de caza, payasos de circo, objetos de exhibición, medicinas milagrosas, etc,etc,etc., se suma el hecho de que además estamos acabando con el ambiente en el que habitan. Nuestros absurdos hábitos de consumo que cada vez demandan más, nuestra desenfrenada carrera por tener “lujos” y comodidades, nuestra reproducción descontrolada y nuestra infinita generación de basura, entre otros, tienen al planeta entero al borde del colapso.

No sé siquiera cuántas veces me he encontrado con la noticia publicada en diferentes medios de que la extinción actual de la biodiversidad no tiene precedentes, la tasa de extinción de especies es hasta 1000 veces mayor que la normal (De Vos, 2015), hace poco se alcanzaron niveles de CO2 en la atmósfera terrestre nunca antes vistos, los científicos hablan de que estamos alcanzando el punto de no retorno, con el posible colapso de la civilización estimado para el 2050. Pero nuestras vidas siguen, parece no importarnos. Ninguna de estas alarmantes noticias parecen hacer mella en nuestro afán inútil de progreso, al contrario, seguimos en el mismo camino enceguecidos por el consumismo.

Somos tibios. Nos negamos a cambiar los hábitos que hemos adquirido sacando cualquier cantidad de excusas para no dar nuestro brazo a torcer. Nos rasgamos las vestiduras en redes sociales indignados ante la destrucción planetaria, pero vamos a la tienda de la esquina a comprar gaseosa o agua embotellada -porque es solo una botella-. Entonces vivimos comiendo carne, cuya producción es una de las principales causas de deforestacion, que a su vez es una de las razones principales de la pérdida de hábitat y la extinción de especies, nos tomamos el tintico en un vaso plástico porque nos da física y mental pereza cargar un pocillo en la maleta -qué diran- ¡Ah¡ y por favor le pone pitillo porque se me olvidó tomar del vaso y me creo bebé; además compramos celulares anuales porque el iPhone ya no me actualiza y qué tal vivir sin la versión en la que Siri le pone a uno conversa porque además no nos basta con los amigos reales, obvio tengo que tener hijos porque sino ¿qué clase de mujer soy?, queliace que la sobrepoblación humana -la verdadera plaga- esté fuera de control , simplemente nos es imposible renunciar a la comodidad del carro porque si me monto en bus dirán que soy pobre y además dónde monto a la cría que engendré para “realizarme como persona”.

¿Y si la motivación para cuidar la tierra cambiara? ¿Y si nos premiarán con una publicación Q1 por dejar de usar plástico o por disminuir el consumo de carne? ¿Si fuera loable y admirable dejar de tener hijos? ¿Lo haríamos?

Esto no se trata de ser perfectos, ningún ser en la Tierra lo es, pero los humanos tenemos la capacidad de entender y corregir el daño que causamos, pero tenemos las motivaciones equivocadas. En los colegios nos enseñan a triunfar en la vida, triunfos reflejados en la cantidad de cosas materiales que acumulemos, en modelos de familia preestablecidos y en títulos universitarios, pero nada se habla del cuidado de TODOS LOS SERES VIVOS como unidad interconectada. Las imposiciones sociales y culturales nos dominan, hacemos parte de un rebaño de humanos enceguecidos por lo material, la cultura simboliza costumbres dañinas y destructivas y estamos acabando ante nuestra mirada tibia y débil, con la única Tierra que tenemos.