Desde que era niña recuerdo que las escenas donde un animal resultaba herido o muerto me han causado una infinita angustia. Recuerdo perfectamente como mi primer pensamiento ante esas escenas estaba relacionado con el miedo y el dolor que el animal pudiera sentir. Fueran escenas reales o ficticias, siempre me mortificaba pensar en el sufrimiento sicológico y físico al que el animal era sometido, y no podía evitar llorar para desahogar mi propio agobio.

Juliana Barberi
Directora RAYA
Ingeniera biomédica – MSc en Desarrollo Sostenible
direccion@corporacionraya.org

Esta reacción siguió presentándose aún en mi adolescencia y adultez, cuando empecé a enterarme de la cantidad de vejámenes y atrocidades que sufren los animales por parte de la especie humana: corridas de toros, experimentación “científica”, mataderos y un largo y desafortunado etcétera. Llorar era inevitable ¿Qué más podía hacer? Se me salía de las manos y me rebasaban los sentimientos de impotencia, ira y tristeza.

Hoy, después de más de 17 años de haber fundado RAYA, ya no lloro por los animales. La primera razón y la más obvia, es que dejé de ver películas con animales como protagonistas y vídeos donde se expone algún tipo de crueldad. Y la segunda, es que entendí que mi llanto solo ayudaba a que YO me desahogara, pero los animales no paraban de sufrir.

Así que decidí dejar de ser egoísta y actuar, y  realizar cambios en mi propia vida para disminuir el daño que le causo a los demás y aquí no faltará la pregunta “¿Nunca has matado un zancudo?” o “¿ Crees que el sufrimiento de los animales se va a acabar por tus cambios personales?” y claro, he matado zancudos, comía carne, usaba marcas crueles, etc., y no, no creo que el sufrimiento de los animales se acabe con mis cambios. Pero precisamente de eso se trata, de al menos intentar ser menos dañino, de entenderse como parte de un todo y no como un ser superior al que el planeta le debe y tiene derecho de pisotear y pagar por el maltrato de otros animales.

Ya no lloro porque aparte de mis cambios personales, intento mostrar la realidad que viven (sufren) los animales en este planeta a merced del ser humano; porque se que si más personas se enteraran de eso que ha permanecido oculto, quizá  empezarían a actuar y a mostrarles a otros que a lo que estamos acostumbrados no está bien, no es correcta la forma en la que tratamos a los animales y es hora de hacer algo.

Ya no lloro pero sigo pensando en cuánto miedo tienen los animales antes del golpe, la puñalada o el abandono. Ya no lloro pero siento las mismas ganas de huir que probablemente también siente el animal, ya no lloro pero veo el terror en sus ojos.

Llorar no sirve de nada, pero actuar sí. Podemos cambiar nuestra realidad indiferente y mezquina, podemos decidir ser mejores seres humanos.